LA CLASE DE HOY
La clase de hoy la
dedicaremos a don Antonio Machado Ruiz, pues un 22 de febrero, como
el de hoy, hace 75 años, murió nuestro querido escritor en
Collioure (Francia).
Ya hemos estudiado la
vida y obra de este insigne escritor sevillano, hoy nos toca hablar
de su muerte. Antonio Machado se murió de pena. Así al menos lo
afirman los biógrafos del poeta. El miedo, la pobreza, las
interminables esperas en la frontera, el frío, el fracaso, la
nostalgia, la soledad... —nos
dicen—, van a precipitar su prematura muerte. La
separación de su hermano Manuel durante la guerra y luego el
tremendo sinsabor de saber que su hermano, tan inseparable camarada
de empresas literarias y teatrales, se ha convertido ahora en
importante valedor de esa España que empuja a él y su otra familia
al exilio. Las preocupaciones por su madre anciana y por sus sobrinas
—hijas de su hemano José—, a las que quería como un padre y de
las que no se tenía noticia. La irremediable pérdida de Guiomar, su
gran amor otoñal, cuyo recuerdo le acompañará durante todo el
exilio interior y exterior, hasta las mismas puertas de la muerte.
Todas estos sucesos —nos
repiten—, agotarán moralmente al poeta y acortarán una
vida, que no llegará a la edad de jubilación.
Sin embargo, olvidan
añadir que el poeta padeció y murió de una enfermedad pulmonar
crónica, derivada en gran parte de su incansable hábito de fumar.
Tal enfermedad menoscabó de forma definitiva su resistencia ante las
adversidades y añadió un suplemento de dolor a sus últimos años.
Y es que Machado era un
empedernido fumador, y probablemente también un adicto al café
(algunos testigos refieren que tomaba hasta 6 o 7 tazas diarias).
Como anécdota se cuenta que Machado impartía sus clases fumando
incesantemente y que sus ropas, frecuentemente llenas de ceniza, le
granjearon el apodo entre sus alumnos de «La Cenicienta».
Curiosamente, las
enfermedades pulmonares, y principalmente la tuberculosis, golpearon
muy de cerca el entorno familiar de Machado. En efecto, su padre,
Demófilo, falleció en 1893 a los 47 años de una tuberculosis,
dejando a la familia en una difícil situación económica. También
su única hermana, Cipriana, moriría en 1900 en Madrid a los 14 años
de una neumonía. Pero es sin duda la muerte por tuberculosis de su
mujer Leonor, acaecida en Soria en 1912, con apenas 18 años
cumplidos, la que marca de manera decisiva y trágica la vida del
poeta. A pesar de la amargura por la pérdida, en una carta dirigida
a su madre, el poeta le escribe que goza de buena salud. Sin embargo,
más tarde confesará que llegó a tal su desesperación que intentó
contagiarse de la enfermedad de su mujer para morir con ella.
Pero habrían de pasar
muchos años, en concreto veintisiete, hasta que llegara la hora de
su último viaje.
Quizás queráis saber,
cómo fueron esos últimos días de su vida...
Sus últimos momentos
fueron relatados por hermano José, compañero en su exilio, en un
cuaderno de notas que escribió, ya en Chile, para sus hijas y para
su hermano Manuel, que como hemos dicho, se había quedado en España.
Se trata de un cuaderno poco conocido y apenas difundido, y que
nosotros queremos citar.
Pero, antes de
adentrarnos en este testimonio, recordemos algunos datos importantes
para entender la profundidad del sentimiento de pérdida y
abatimiento del poeta sevillano.
Cuando estalló la
Guerra Civil el 18 de julio de 1936, a diferencia de lo que habían
hecho Azorín, Pío Baroja, José Ortega y Gasset, Juan Ramón
Jiménez, Ramón Gómez de la Serna o Pedro Salinas, entre otros
intelectuales, Antonio Machado decidió no marcharse de España.
Prefirió permanecer en el domicilio familiar de Madrid como gesto de
apoyo a la causa republicana.
Sin embargo, ante el
fusilamiento de Federico García Lorca a manos de los franquistas, en
Granada en agosto de 1936, sus amigos León Felipe y Rafael Alberti
se presentaron en su casa para rogarle que se marchara a Valencia,
antes de que comenzaran los bombardeos y el asedio sobre la capital.
De entrada se negó y
fue necesaria una segunda visita para convencerle. Finalmente el 24
de noviembre dejó Madrid por Valencia, donde permaneció con su
familia (su madre, el hermano José Machado y su mujer Matea
Monedero) hasta finales de abril de 1938, fecha en que fue evacuado
de nuevo, este vez a Barcelona, conjuntamente con el gobierno de la
República.
Primero se alojó en el
hotel Majestic del Paseo de Gracia de Barcelona, convertido en
residencia de invitados y corresponsales extranjeros, pero pronto se
trasladó con su familia a la Torre Castanyer, un palacete incautado
al vizconde de Güell que, aunque contaba con amplio jardín,
presentaba problemas de calefacción y suministro eléctrico como la
mayoría de la ciudad en aquellos momentos. Durante los once meses de
difícil estancia en Barcelona, nunca salió de allí, de lo cual se
deduce su delicado estado de salud y de ánimo.
El domingo 22 de enero
de 1939, a les tres de la madrugada, Machado y los suyos tuvieron que
abandonar Barcelona y definitivamente España, en dirección a la
frontera francesa, igual que todos los mandatarios republicanos, en
una comitiva de coches y ambulancias formada por el poeta, su madre,
su hermano José y la mujer de éste. Se unió a ellos la familia
Xirau Palau. Fueron por la carretera litoral hasta Malgrat y, al
amanecer del lunes 23 de enero, atravesaron la ciudad de Girona,
repleta de evacuados, bajo los bombardeos franquistas. Se alojaron en
la masía Can Santamaria, en Raset. Allí se les unió una segunda
comitiva integrada por el pedagogo Joan Roura Parella, el doctor
Emili Mira, el lingüista Tomás Navarro Tomás, el médico Joaquim
Trias i Pujol, el periodista Corpus Barga, el astrónomo Pedro
Carrasco, el naturalista Enrique Rioja, el neurólogo José Miguel
Sacristán y el geólogo José Royo Gómez, algunos con sus familias.
Como se ve, todos intelectuales de reconocido prestigio que se vieron
obligados a huir.
Debido a la creciente
inseguridad de las carreteras y al cierre de la frontera mantenido
por las autoridades francesas, estuvieron cuatro días retenidos. En
ese tiempo, Royo Gómez tomó, en el patio de la casa, la última
foto en vida de un Machado envejecido, demacrado, visiblemente
abatido.
Tras recibir la noticia
de la caída de Barcelona el jueves 26 de enero, aquel mismo día
prosiguieron camino de noche en varios vehículos y por grupos
separados. Una ambulancia condujo a Machado y sus familiares hasta el
Mas Faixat, en una loma boscosa de Viladesens, a tan solo un par de
kilómetros de trayecto. Allí pasaron la noche con frío y en
blanco. Se les sumó un tercer grupo de intelectuales evacuados.
Retomaron la marcha al
alba del viernes 27 de enero y llegaron al puesto fronterizo de
Cerbère al anochecer.
Cuenta José Machado las
penalidades del camino hasta llegar a la localidad de Cerbére, donde
se refugiaron en la cantina de la estación:
"Allí el
espectáculo que se ofrecía a los ojos era desolador. Los españoles
caídos y deshechos, sin dinero, éramos tratados por los mozos de
aquel establecimiento con tan innoble y repugnante desprecio, que lo
primero que preguntaban era si teníamos dinero con que pagar. En
caso negativo, no daban ni un vaso de agua. Esto sucedía en la
cantina.
En los andenes de la
estación, todavía peor, porque se sufría el acoso de los
gendarmes, que no se ocupaban más que de formar las levas para los
campos de concentración, separando a los hijos de los padres y a las
mujeres de los maridos. Y todo esto de la manera más bárbara y
brutal"
Pese al colapso de la
carretera por la cantidad de refugiados que allí se congregaban, la
gendarmería tomó en consideración el mal estado de salud del poeta
y de su anciana madre y les condujo en coche hasta la estación de
tren de la localidad, donde pasaron la noche a un vagón sin
calefacción arrumbado en vía muerta.
"Así fue la
entrada del poeta Antonio Machado y la madre, en Francia, gravemente
enfermos y sin un solo franco en el bolsillo: casi desnudos, como los
hijos de la mar".
A la mañana siguiente,
todos los integrantes de la comitiva de Machado (intelectuales bajo
protección del gobierno de la República que no eran deportados por
las autoridades francesas a los campos de concentración de las
playas vecinas como los milicianos, ni dispersados obligatoriamente
hacia el interior de Francia como el resto de civiles) tomaron el
tren para dirigirse bien a Perpiñán, o bien a París, donde
pensaban les sería más fácil subsistir.
El consulado de la
República española en Perpiñán había ofrecido a Machado ayuda y
le había recomendado trasladarse a París, donde era esperado. Sin
embargo el poeta, tras más de dos años bajo la protección de las
autoridades republicanas, esta vez declinó la ayuda. Sin fuerzas
para continuar, decidió tomar él solo con sus familiares y el amigo
Corpus Barga un tren local hasta algún discreto lugar cercano.
Se apearon después de
tan solo quince minutos de viaje, indefensos bajo la lluvia, en la
diminuta estación de Collioure. Apenas había dejado atrás las
estaciones de Banyuls y Port-Vendres. Solo faltaban dos más, Argelés
y Elna, para llegar a la ciudad de Perpiñán, a quince minutos
suplementarios de recorrido, pero no continuaron.
Y cuenta José:
"Corpus Barga,
uno de los mejores amigos que nos acompañaron en el éxodo, logró
llegar a Perpignan, y regresó (con posibles) para llevarnos al
cercano pueblo de Collioure. El comportamiento de este generoso amigo
llegó hasta el punto de coger en brazos a nuestra madre y llevarla
desde la estación al pueblo por la ancha calle que lo cruzaba y que
terminaba en el mar. Por allí marchamos todos con ellos. Siguiendo
este camino, llegamos a la plaza”
Aquel sábado, 28
de enero de 1939, un joven ferroviario, jefe suplente de la estación
de Collioure, vio apearse del tren, bajo la lluvia, a Machado y sus
familiares. El poeta, exhausto, tan solo sobrevivió 26 días más en
Collioure, acogido por la propietaria del hotelito Bougnol-Quintana.
Aquella sería la última
morada del poeta. Recibió, del secretario de la embajada española
en París, los medios para hacer frente a las necesidades más
apremiantes.
"Transcurrieron
unos días -añade José- en
los que el reposo material pareció aliviarle la afección del
corazón. No obstante, veía claramente que se aproximaba el final de
su vida. Pensándolo decía: Cuando ya no hay porvenir, por estar
cerrado el horizonte a toda esperanza, es ya la muerte lo que llega".
Sólo unos pocos paseos
para contemplar el cercano mar del pintoresco pueblecito, celebrado
antaño por los pinceles de Matisse y Derain. Atendido por su cuñada
Matea y su hermano José, Antonio agoniza junto a su anciana madre de
85 años. Un médico francés, el Dr. Cazaben, le administra algunas
medicinas, probablemente algún balsámico, yoduro potásico como
expectorante o belladona, que eran los escasos bagajes terapéuticos
entonces disponibles.
A este respecto cuenta
José que:
“No podía
sobrevivir a la pérdida de España. Tampoco, sobreponerse a la
angustia del destierro. Este fue el estado de su espíritu el tiempo
que aún vivió en Collioure. Sin embargo, unos días antes de su
muerte, me dijo ante el espejo, mientras trataba en vano de arreglar
sus desordenados cabellos: Vamos a ver el mar.
Esta fue su primera y
última salida. Nos encaminamos a la playa. Allí nos sentamos en una
de las barcas que reposaban sobre la arena. El sol de mediodía no
daba casi calor. Era en ese momento único en que se diría que el
cuerpo entierra su sombra bajo los pies. Al cabo de un largo
rato, señalando una de las humildes casitas de pescadores, dijo:
"¿Quién pudiera vivir tras una de esas ventanas, libre ya de
toda preocupación". Después se levantó trabajosamente y, en
silencio, regresamos al hotel.”
Sin
embargo, el médico comunica a sus familiares que Antonio está
desahuciado. Efectivamente, una nueva neumonía o bronquitis, que se
complica con una gastroenteritis, produce el decisivo y fatal
empeoramiento. Durante cuatro interminables días Machado está
disneico, inquieto, delirando y con gran opresión en el corazón. En
su desorientación agradece reiteradamente las atenciones que se le
dispensan. Dos días antes de su muerte, durante una leve mejoría,
dicta una carta a su amigo Luis Santullano, al fin de la cual estampa
una temblorosa firma.
Muy
poco después pronuncia sus últimas palabras inteligibles —«Adiós,
madre»— y entra en coma.
Muere
a las tres y media de la tarde del 22 de febrero de 1939. Era
Miércoles de Ceniza.
Su
madre, que había dado claros signos de enajenamiento mental y había
permanecido en estado semicomatoso durante la agonía del poeta,
parece darse cuenta, en un último momento de lucidez, de la muerte
de su hijo.
Así habla José de su
madre:
"Volviendo
por un momento a la realidad, me preguntó llena de angustia, mirando
al lecho que había quedado vacío: ¿Qué ha sucedido? Traté de
ocultárselo. Pero a una madre no se la engaña y rompió a llorar
como una pobre niña. Dos días después, sus bellos dulces ojos se
nublarían para siempre".
Y
añade José:
"La noticia de la
muerte de don Antonio Machado se propagó rapidísimamente , y en las
primeras horas de la mañana siguiente recibí una emocionada carta
del insigne escritor Jean Cassou, solicitando en su nombre y en el de
los escritores franceses, que el entierro se verificase en París.
Pero, agradeciendo infinito este homenaje de la Francia inmortal,
decliné tan grande honor, pues, aunque en esos momentos estaba lejos
de los demás hermanos, creí interpretar así los sentimientos de
todos, mirando más que nada la sencilla y austera manera de ser del
poeta. Y así preferimos que durmiese el último sueño en el
sencillo pueblo de pescadores de Collioure".
Y cuenta que al entierro
se sumó todo el pueblo, con su alcalde a la cabeza:
"Pero lo más
emocionante fue que seis milicianos, envolviendo el féretro con la
bandera de la República española, lo llevaron en hombros hasta el
cementerio. Y téngase en cuenta que para realizarlo tuvieron que
escapar de la implacable vigilancia del tristemente famoso castillo
de Collioure, donde con tan injusto rigor se les trataba".
Quedó el poeta en la
tumba de la familia de una buena señora, amiga íntima de la dueña
del hotel. Algunos días después, José halló un papel arrugado en
el gabán del poeta. En él había escrito a lápiz tres anotaciones:
La primera reproducía
en inglés las palabras con las que comienza el famoso diálogo de
Hamlet: "Ser o no ser".
La segunda tenía sólo
un renglón. Pero en este renglón se veía escrito el último verso
que escribió en su vida. Decía así: "Estos días azules y
este sol de la infancia".
Y en la tercera y
última, Antonio Machado reproducía completos estos versos suyos, ya
publicados, pero en los que introducía una corrección:
"Y te daré mi
canción:
Se canta lo que se pierde
con un papagayo verde
que la diga en tu balcón"
Así es que, como os he
dicho al principio de esta clase, un 22 de febrero, quizás tan frío
como el de hoy, se fue para siempre don Antonio Machado Ruiz y tal
como auguraban sus veros, se marchó "ligero de equipaje, casi
desnudo, como los hijos de la mar".
Sabed que entre sus
pertenencias encontraron una pequeña caja. La caja no contenía nada
de calculable valor. Simplemente guardaba un puñado de tierra, de
tierra de España.
Epílogo:
En la actualidad, cada
año se depositan en un buzón cercano las miles de cartas en todos
los idiomas que llegan al cementerio de Collioure dirigidas a don
Antonio Machado. Las flores acompañan permanentemente a sus mortales
restos. Restos que quizá siguen esperando, como recordará su
hermano José en una carta escrita dos días después de la muerte
del poeta, «hasta que una humanidad menos bárbara y cruel le
permitan volver a sus tierras castellanas que tanto amó».
La guerra terminó el 1
de abril de ese mismo año. Los restos mortales del poeta continúan
en Coillure.
No hay comentarios:
Publicar un comentario